Ciencia y Creacionismo Parte 03. Vista Creacionista del Origen del Universo, la Tierra y la Vida

Deja un comentario

Muchas personas religiosas sostienen que un Dios creó el Universo y los diversos procesos que llevaron a la evolución biológica y física, los cuales a su vez resultaron en la creación de las galaxias, de nuestro Sistema Solar y la vida en la Tierra. Esta creencia, no muestra una discrepancia con las explicaciones científicas de la evolución. De hecho, refleja el carácter extraordinario e inspirador del Universo físico revelado por la cosmología, paleontología, biología molecular y muchas otras disciplinas científicas.

Los ‘abogados’ de la ‘ciencia de la creación’ tienen diversos puntos de vista. Algunos claman que el Universo es relativamente joven (Entre 6 y 10 mil años). Estos individuos frecuentemente creen que la forma física presente de la Tierra puede ser explicada por ‘el catastrofismo’, incluyendo una inundación global, y que todos los seres vivos (Incluyendo a los humanos) fueron creados milagrosamente, esencialmente en las formas que ahora conocemos.

Otros, están dispuestos a aceptar que la Tierra, los planetas y las estrellas pueden haber existido durante millones de años. Pero argumentan que varios tipos de organismos, especialmente los humanos, podrían haber hecho su aparición solamente por medio de una intervención sobrenatural, porque muestran un ‘diseño inteligente’.

Abriendo paréntesis – Como aclaración, en este blog, cuando se utilicen ambos términos (Tierra Joven o Tierra Vieja) se referirán al ‘creacionismo’ o a la ‘creación especial’ – Cerrando paréntesis.

No hay información científica o cálculos válidos que sostengan la creencia de que la Tierra fue creada hace solo pocos miles de años. En este y las siguientes entradas (Post) iremos resumiendo la vasta cantidad de evidencia que sostiene la edad del Universo, nuestra galaxia, el Sistema Solar y la Tierra, obtenida por la astronomía, astrofísica, física nuclear, geología, geoquímica y geofísica. Métodos científicos independientes consistentes, determinan que la Tierra y el Sistema Solar tienen cerca de 5 mil millones de años, y que nuestra galaxia y el Universo, son entre 2 y 3 veces más antiguos. Estas conclusiones hacen que el origen del Universo. Estas conclusiones hacen al origen del Universo como un todo inteligible, da coherencia a diferentes ramas científicas, y da forma a las conclusiones centrales de un sorprendente cuerpo de conocimientos sobre el origen y comportamiento del mundo físico.

Tampoco hay evidencia de que todo el registro geológico, con su sucesión ordenada de fósiles, sea el producto de un ‘único diluvio universal’ que haya ocurrido hace unos pocos miles de años, el cual haya tenido una duración de poco más de un año y que haya cubierto las montañas más altas a una profundidad de varios metros. Por el contrario, en los depósitos intermareales y terrestres se demuestra que en ningún momento se registró en el pasado que todo el planeta haya estado bajo el agua. Aún más, un diluvio de la magnitud suficiente para formar las rocas sedimentarias vistas en la actualidad, las cuales en conjunto son muchos kilómetros de espesor, requeriría un volumen de agua mucho más grande que el que haya existido en la Tierra, al menos desde la formación de la primera corteza sólida hace aproximadamente 4 mil millones de años. La creencia de que los sedimentos de la Tierra, con sus fósiles, se depositaron en una secuencia ordenada en el plazo de un año, desafía todas las observaciones geológicas y principios físicos sobre las tasas de sedimentación y la posible cantidad de sólidos en suspensión.

Los geólogos han construido una historia detallada de la deposición de sedimentos que une los cuerpos particulares de roca en la corteza de la Tierra para entornos particulares y sus procesos. Si los geólogos petroleros pueden encontrar más petróleo y gas mediante la interpretación de los registros de las rocas sedimentarias como resultado de tener una sola inundación, esto podría favorecer dicha creencia, pero no lo hacen. En cambio, estos prácticos trabajadores están de acuerdo con los geólogos académicos acerca de la naturaleza de los ambientes y eras geológicas en que se realizaron dichos depósitos. Los geólogos petroleros han sido pioneros en el reconocimiento de los depósitos de fósiles que se formaron durante millones de años en ambientes tales como ríos serpenteantes, deltas, barrera de arena en las playas y los arrecifes de coral.

El ejemplo de la geología petrolera demuestra una de las grandes fortalezas de la ciencia. Utilizando el conocimiento del mundo natural para predecir las consecuencias de nuestras acciones, la ciencia hace posible resolver problemas y crear oportunidades utilizando la tecnología. El conocimiento detallado requerido para sostener nuestra civilización puede derivarse solamente a través de la investigación científica.

Los argumentos de los creacionistas no conducen a ninguna evidencia que pueda ser observada en el mundo natural. La ‘creación especial’ o la intervención sobrenatural no están sujetas a análisis significativos, los cuales requieren la predicción de resultados plausibles y la verificación de esos resultados por medio de observación y experimentación. De hecho, la pretensión de una ‘creación especial’ es contraria al proceso científico. La explicación es vista como inalterable y las pruebas que se solicitan son sólo para apoyar una conclusión particular, por cualquier medio posible.

Ciencia y Creacionismo. Parte 02. El Origen del Universo, la Tierra y la Vida

Deja un comentario

El término “Evolución” usualmente se refiere a la evolución biológica de los seres vivos. Pero el proceso por el cual los planetas, estrellas, galaxias y el Universo se formaron y cambiaron a través del tiempo es también un tipo de evolución. En todos esos casos, el proceso involucrado es un poco diferente.

A finales de la década de 1920, el astrónomo estadounidense Edwin Hubble realizó un interesante e importante descubrimiento. El hizo observaciones que interpretó como las estrellas distantes y las galaxias se alejaban de la Tierra en todas direcciones. Aún más, la velocidad se incrementaba en proporción directa con la distancia, un descubrimiento confirmado por numerosos análisis realizados desde la época de Hubble. La explicación de estos hallazgos es que el Universo se está expandiendo.

La hipótesis de Hubble de un Universo en expansión llevó a ciertas deducciones. Una fue que el Universo estuvo más condensado con anterioridad. De esta deducción, vino la sugerencia de que toda la energía y materia observada en la actualidad estuvo inicialmente condensada en una masa muy pequeña e infinitamente caliente. Una gigantesca explosión, conocida como “Big Bang”, envió entonces materia y energía en todas direcciones.

Esta hipótesis, guió entonces a más deducciones comprobables. Una fue que en el espacio profundo la temperatura debería estar varios grados por encima del cero absoluto. Diversas observaciones demostraron que esta deducción era correcta. De hecho, el satélite COBE (Cosmic Microwave Background Explorer), lanzado en 1991 confirmó que la radiación de fondo cósmico tiene exactamente el espectro predicho por un origen del Universo hecho por un Big Bang.

Conforme el Universo se expande, de acuerdo con el entendimiento científico actual, la materia ‘recolectada’ en las nubes comienza a condensarse y a rotar, formando los precursores de las galaxias. En el interior de las galaxias, incluyendo nuestra Vía Láctea, los cambios en la presión ocasionan que el gas y el polvo formen distintas nubes. En algunas de ellas, donde se tiene la masa suficiente y las fuerzas adecuadas, la atracción gravitacional causa que la nube se colapse. Si la cantidad de masa se comprime lo suficiente, inician reacciones nucleares y nace una estrella.

Algunas estrellas, como nuestro Sol, se forman en el centro de un disco ‘plano’ giratorio de material. En el caso específico de nuestro sol, el gas y el polvo del interior colisionaron y se agregaron en pequeños granos, los cuales se fueron acumulando y formaron cuerpos más grandes llamados “Planetesimales” (Planetas muy pequeños), algunos de los cuales alcanzan diámetros de varios cientos de kilómetros. En etapas posteriores, estos planetesimales formaron los ocho planetas y los diversos satélites. Los planetas rocosos, como la Tierra, quedaron cerca del Sol, y los gaseosos, en órbitas más distantes.

Las edades del Universo, nuestra galaxia, el Sistema Solar y la Tierra, pueden estimarse utilizando métodos científicos modernos. La edad del Universo puede obtenerse de las relaciones observadas entre las velocidades y las distancias que separan a las galaxias. Las velocidades de las galaxias distantes pueden medirse con gran precisión, pero, la medida de las distancias es más incierta. En las últimas décadas, las mediciones de la expansión de Hubble, nos han proporcionado edades estimadas entre los 7 y 20 mil millones de años, aunque las más recientes, han reducido el rango a 10-15 mil millones de años.

La edad de la Vía Láctea ha sido calculada de dos maneras. Una involucra el estudio de las etapas observadas de evolución de las estrellas de diferentes tamaños en los cúmulos globulares. Estos Cúmulos se producen en un tenue halo que rodea el centro de la galaxia, y con cada grupo conteniendo entre cientos de miles a millones de estrellas. La poca cantidad de elementos más pesados que el hidrógeno y el helio en estas estrellas, indica que debieron formarse en etapas tempranas en la historia de la galaxia, antes de que las grandes cantidades de elementos pesados fueran creadas en el interior de las primeras generaciones de estrellas y después de que fueran distribuidos en el medio interestelar a través de explosiones de supernovas (De hecho, el Big Bang creó los átomos de hidrógeno y helio primarios). Las edades estimadas de las estrellas en los cúmulos globulares están el rango de los 11 a 16 mil millones de años.

Un segundo método está basado en la abundancia presente de varios elementos radioactivos de larga vida en el Sistema Solar. Su abundancia es establecida por su rango de producción y distribución a través de las explosiones de supernovas. De acuerdo con estos cálculos, la edad de nuestra galaxia oscila entre los 9 y 16 mil millones de años. En consecuencia, ambos métodos para estimar la edad de la Vía Láctea concuerdan el uno con el otro, y son consistentes con las estimaciones independientes obtenidas para la edad del Universo.

Los elementos radioactivos que se encuentran de forma natural en las rocas y minerales también proporcionan una forma de estimar la edad del Sistema Solar y de la Tierra. Varios de estos elementos decaen con vidas medias de 700 millones de años y otros hasta de 100 mil millones de años (La vida media de un elemento es la mitad del tiempo que le toma a un elemento decaer radioactivamente en otro). Utilizando estos cronometradores, se ha calculado que los meteoritos, los cuales son fragmentos de asteroides, se formaron entre 4.53 y 4.58 mil millones de años (Los asteroides son pequeños planetoides que orbitan alrededor del Sol y son remanentes de la nebulosa solar que dio lugar al Sol y los Planetas). Los mismos cronometradores radioactivos aplicados a las tres muestras lunares más antiguas traídas a la Tierra por los astronautas de las misiones Apollo manifiestan edades entre 4.4 y 4.5 mil millones de años, proporcionando estimados mínimos para el tiempo de formación de la Luna.

Las rocas terrestres más antiguas conocidas se encuentran en el noroeste de Canadá (3.96 mil millones de años), pero rocas muy bien estudiadas con antigüedad similar se encuentran también en otras partes del mundo. En Western Australia, cristales de circonio encerrados en rocas más jóvenes tienen edades de 4.3 mil millones de años, haciendo que esos cristales sean los materiales más viejos encontrados hasta hoy en la Tierra.

Las mejores estimaciones de la edad de la Tierra se obtienen calculando el tiempo requerido para el desarrollo de los átomos de plomo observado en los minerales de plomo más antiguos de la Tierra. Estas estimaciones arrojan una edad de 4.54 mil millones de años como la edad de la Tierra y de los meteoritos y por consiguiente del Sistema Solar.

El origen de la vida no puede datarse con precisión, pero hay evidencia de que organismos similares a las bacterias vivieron en nuestro planeta hace 3.5 mil millones de años y podrían haber existido con anterioridad, cuando se formó la corteza sólida, hace casi 4 mil millones de años. Estos organismos primarios deben haber sido más simples de los que existen en la actualidad. Además, antes de que estos organismos primarios existieran estructuras que si bien, no podríamos denominar como ‘vivas’ si contenían los componentes de los seres vivos. Hoy, estos organismos vivientes almacenan y transmiten información a través de la herencia utilizando dos tipos de moléculas, el ADN y el ARN. Cada una de esas moléculas está compuesta a su vez de cuatro tipos de subunidades conocidas como nucleótidos. Las secuencias de nucleótidos de una longitud particular en el ADN o el ARN, son conocidos como genes, dirigen la construcción de unas moléculas conocidas como proteínas, las cuales se encargan de catalizar reacciones bioquímicas, proporcionar componentes estructurales para los organismos, y desempeñar muchas otras funciones de las cuales depende la vida. Las proteínas consisten de una cadena de subunidades conocidas como aminoácidos. La secuencia de nucleótidos en el AND y el ARN por tanto determina la secuencia de aminoácidos en las proteínas; este es el mecanismo central en toda la biología.

Experimentos realizados bajo condiciones similares a aquellas que se tenían en la Tierra primitiva han resultado en la producción de algunos de los compuestos químicos de las proteínas, AND y ARN. Algunas de esas moléculas también han sido detectadas en meteoritos del espacio exterior e interestelar por astrónomos, utilizando radiotelescopios. Los científicos han concluido que la ‘construcción de bloques de vida’ podría haber estado disponible desde los comienzos de las historia de la Tierra.

Una nueva e importante vía de investigación se ha abierto con el descubrimiento de ciertas moléculas hechas de ARN, llamadas ribosomas, que pueden actuar como catalizador en células modernas. Se pensaba que solo las proteínas podían servir como el catalizador requerido para llevar a cabo funciones bioquímicas específicas. Por lo tanto, en el mundo prebiótico primario, las moléculas de ARN podrían haberse ‘autocatalizado’, esto es, que podrían haberse replicado por sí mismas antes de que hubiera catalizadores de proteínas (Llamados enzimas).

Los experimentos en laboratorios demostraron que las moléculas de ARN autocatalíticas replicantes se sometieron a cambios espontáneos y que las variantes de las moléculas de ARN con la mayor actividad autocatalítica llegando a prevalecer en sus entornos. Algunos científicos están a favor de la hipótesis de que hubo un “Mundo ARN” primario, y están evaluando modelos que vayan del ARN a la síntesis de un ADN simple y moléculas de proteínas. Estos ensambles de moléculas eventualmente podrían haber sido empacados en membranas, lo cual formaría las ‘protocélulas’ (Versiones primitivas de células muy simples).

Para aquellos que estudian el origen de la vida, la cuestión ya no es si la vida podría haberse originado por procesos químicos que involucren elementos no biológicos. La cuestión actual es cuales de los muchos caminos podrían haber sido seguidos para producir las primeras células.

¿Seremos capaces de identificar el camino de la evolución química que tuvo como efecto el iniciar la vida en la Tierra? Los científicos especializados están diseñando experimentos y especulando acerca de cómo la Tierra primitiva pudo haber proporcionado un sitio acogedor para la generación de moléculas en unidades que podrían haber formado parte de los primeros sistemas vivientes. La especulación reciente incluye la posibilidad de que las primeras células se habrían presentado en Marte, germinando en la Tierra vía la cantidad de meteoritos que se sabe viajaron de Marte hacia nuestro planeta.

De acuerdo, aún si una célula viva fue hecha en el laboratorio, no prueba que la naturaleza siguió el mismo trayecto hace miles de millones de años. Pero es el trabajo de la ciencia proporcionar explicaciones naturales y verosímiles para los fenómenos naturales. El estudio del origen de la vida es un área de investigación muy activa en la cual se realizan progresos importantes, aunque el consenso entre los científicos es que ninguna de las hipótesis actuales ha sido confirmada hasta el momento. La historia de la ciencia muestra que los problemas aparentemente insolubles, pueden llegar a ser susceptibles a la solución posteriormente, como resultado de los avances en la teoría, la instrumentación o el descubrimiento de nuevos hechos.

Nibiru

Deja un comentario

Nibiru - Expresión Artística

El Sistema Solar aún puede contener planetas menores que aún no han sido descubiertos. Aún desde que la búsqueda por el Planeta X inició a inicios del Siglo XX, la posibilidad de un planeta hipotético orbitando el Sol más allá del Cinturón de Kuiper se ha saturado de teorías y especulaciones acerca de que podríamos ser parte de un sistema binario. ¿Pero por qué tanto temor acerca de una combinación de Planeta X / ‘Día del Juicio’ ? ¿El real problema no es que el Planeta X es un desconocido, objeto hipotético y nada siniestro?

Como se vio previamente en “Planeta X” en este mismo blog, aquellos que gustan de andar predicando sobre el fin del mundo, han ligado esa fecha a esta era con la búsqueda por el Planeta X, así como la supuesta profecía Maya del 2012 (Ver “2012 Reloaded“, en los foros de la ReduxNet) y el mito Sumerio sobre el mítico planeta Nibiru, culminando en malas noticias para el 21 de Diciembre del 2012. Sin embargo, la evidencia astronómica para esto es seriamente defectuosa.

Hace poco más de dos años (El 18 de Junio de 2008), investigadores japoneses anunciaron que su búsqueda teórica por una gran más en el Sistema Solar Exterior había arrojado resultados. Según sus cálculos, debería ser un planeta, posiblemente más grande que un Plutoide pero ciertamente más pequeño que la Tierra, orbitando alrededor de 100 UA del Sol. Pero antes de que se emocionen, este no es Nibiru, esto no es una prueba de que el fin del mundo será en el 2012, es solo un nuevo y muy excitante desarrollo en la búsqueda de planetas menores más allá del Cinturón de Kuiper.

En esta nueva simulación teórica, los dos investigadores dedujeron que en la búsqueda en el extremo del Sistema Solar se puede encontrar un planeta sin descubrir. Patryk Lykawka y Tadashi Mukai de la Kobe University publicaron esto en el Astrophysical Journal detallando un planeta menor que creen podría estar interactuando con el misterioso Cinturón de Kuiper.

Más información: Large ‘Planet X’ May Lurk Beyond Pluto

Textos antiguos no hablan acerca de un “Décimo Planeta”

Deja un comentario

Sello Berlín, el cual no muestra ningún Planeta X

Zecharia Sitchin basa por entero su teoría de la existencia de un décimo planeta en textos antiguos, incluyendo escritos sumerios y bíblicos. Sin embargo, él está malinterpretando a los sumerios, algunas veces, en extremo. Su descubrimiento clave está basado en un sello que muestra un diagrama que parece mostrar el Sistema Solar, con el Sol en el centro. En este, pareciera que hay trece cuerpos alrededor de él. Dado que los sumerios contaban al Sol y a la Luna como planetas, Sitchin afirma que el cuerpo extra debe ser un planeta desconocido. También afirma que en dicho planeta habitaban aliens que se comunicaban con los antiguos sumerios.

Pero hay al menos dos problemas mayores con esto, o bueno, tres, si contamos el tener visitantes aliens como un problema (y ciertamente, lo es). Pero ignorando eso, aún hay dos grandes problemas con los que Sitchin declara que la imagen muestra a Urano, Neptuno y Plutón. Los sumerios no tenían telescopios, por lo tanto solo sabrían de su existencia si los aliens se los hubieran mencionado. Pero, si los aliens les hablaron acerca de esos planetas ¿por qué no les hicieron mención de los satélites de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno? ¿O los anillos de Saturno? El sello Berlín no muestra ninguna de esas características. Y los sumerios pensaban que el Sol y la Luna eran planetas, cuando realmente no lo son. Cierto es que los aliens ¡Deberían saber que el Sol y la Luna no son planetas! Sitchin esta solo escogiendo cosas en la imagen que den soporte a su argumento e ignora aquellas que no. Esto no es ciencia, es fantasía, está totalmente errado.

Utu - Dios del Sol y la Justicia para la Cultura Sumeria

Peor aún, su interpretación de la imagen es errónea. Los sumerios tenían un símbolo inequívoco para el Sol (el cual se puede observar en la imagen a la izquierda). Este no es el símbolo en el sello. El símbolo utilizado en la imagen, podría interpretarse como una estrella brillante, pero definitivamente, no es nuestro Sol, así que hasta la premisa básica de Sitchin está equivocada.

A manera de conclusión

Las ideas de Sitchin están equivocadas, y no hay razón alguna para introducir la idea de que un décimo planeta pasa por la Tierra, ni nada por el estilo, si, es fiel defensor de Nibiru (Próximamente, un post sobre este tema).

Planeta X (1841 – 1922)

1 comentario

Este tópico será muy extenso, ya que hablaremos de diferentes hipótesis, las cuales veremos más a detalle en entradas posteriores. Primero, ampliaré un poco la información que vimos en “Planetas hipotéticos en nuestro Sistema Solar”. En 1841, John Couch Adams inició una investigación acerca de las perturbaciones en el movimiento de Urano. En 1845, Urbain Le Verrier, comenzó a investigarlos también. Adams presentó dos soluciones diferentes al problema, asumiendo que las desviaciones fueron causadas por la gravedad de un planeta desconocido. Adams trató de presentar sus soluciones al observatorio de Greenwich, pero debido a su juventud, no fue tomado en serio. Urbain Le Verrier presentó la suya en 1846, pero Francia carecía de los recursos necesarios para localizar el planeta. Le Verrier entonces se dirigió al observatorio de Berlín, donde Galle y su asistente d’Arrest encontraron Neptuno, en el anochecer del 23 de Septiembre de 1846. En la actualidad, tanto Adams como Le Verrier comparten el mérito de la predicción de la existencia y posición de Neptuno.

Inspirado por este éxito, Le Verrier atacó el problema de las desviaciones de la órbita de Neptuno y sugirió la existencia de un planeta intra-mercurial, Vulcano (Ver “Planetas hipotéticos en nuestro Sistema Solar”).

El 30 de Septiembre de 1846, una semana después del descubrimiento de Neptuno, Le Verrier declaró que podría existir un planeta desconocido más allá. El 10 de Octubre del mismo año, se descubrió Tritón, el mayor satélite de Neptuno, el cual proporcionó una manera más fácil de determinar la masa de Neptuno, que resultó ser un 2% mayor de lo esperado, basándose en las perturbaciones a la órbita de Urano. Parecía como si las desviaciones en el movimiento de Urano en realidad eran causados por dos ‘planetas’, además de que la órbita real de Neptuno resultó ser significativamente diferente de la predicha por Adams y Le Verrier.

Poco después del descubrimiento de Neptuno, los astrónomos comenzaron a conjeturar sobre la existencia de un planeta más allá de su órbita. No se consideraba que Neptuno explicara los disturbios en la órbita de Urano, además que la órbita de Neptuno, también se mostraba irregular. Un gran número de astrónomos y matemáticos trataron de predecir la localización de este planeta y encontrarlo, pero no tuvieron éxito.

El primer intento serio de encontrar un planeta trans-Neptuniano se realizó en 1877, por David Todd. El utilizó un “método gráfico” y a pesar de la “inconclusividad” de las alteraciones de la órbita Urano, el ‘obtuvo datos’ del planeta: distancia media 52 ua, ciclo solar de 375 años, su magnitud era de 13, diámetro de 1877.74 (en ningún texto encontré las unidades, desconozco si la estimación era en millas o kilómetros), la inclinación de su eje era de 1.40 grados y la longitud del nodo ascendente 103 grados.

Quizá el más persistente de ellos fue un hombre llamado Percival Lowell. El nació en el seno de una familia acaudalada en Boston, en 1855. El construyó su fortuna personal y tomó interés en la astronomía, después de leer el libro “La Planète Mars” de Camille Flammarion en 1893. Marte estaría en oposición (su aproximación más cercana) a la Tierra en 1894 y Lowell decidió financiar una expedición a Arizona, con el propósito de observar con mayor claridad, el cielo oscuro occidental. Lowell patrocinó la construcción de un observatorio privado cerca de Flagstaff, Arizona.

Fue un hombre brillante, pero con frecuencia, la imaginación lo rebasaba. En 1877, el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli descubrió que una serie de “canales” cruzaban la superficie de Marte. Esto se malinterpretó con la sugerencia de una construcción y diseño inteligentes. Baso en esta teoría, Lowell mencionó que estaba observando cambios en la superficie de Marte, que podrían verse relacionados con los cambios de estaciones y quizás con granjas. En sus propias palabras: 

“La especulación ha sido fructífera acerca de lo que significan esas marcas en nuestro vecino más cercano. Cada astrónomo tiene una teoría particular al respecto. No obstante, la explicación más evidente es probablemente la más cierta, a saber, es que estamos observando el resultado del trabajo que algún tipo de inteligencia realizo…”

 Observaciones posteriores, realizadas por otros, revelaron que no hoy canales en Marte, y también sabemos que carece de vida inteligente. No ha quedado claro que fue exactamente lo que Lowell, Schiaparelli y otros observaron, pero lo más probable es que fueran ilusiones ópticas introducidas por sus telescopios.

 Además de su interés en Marte, Lowell estaba determinado a descubrir el hipotético planeta más allá de Neptuno al cual se acuñó el término “Planeta X” para descubrir a su “presa”. El dirigió dos búsquedas por el planeta, una finalizó en 1909 y la otra en 1915, sin éxito alguno. El falleció en 1916 y su falla en encontrar el Planeta X fue su mayor decepción. En 1929, el astrónomo aficionado, Clyde Tombaugh de Kansas, fue contratado por el Observatorio Lowell para continuar con la búsqueda.

Alrededor de un año después., examinó unas fotografías que había tomado unos días antes, en Enero de 1931. Cuando las comparó, en el mismo sector del espacio, observó que una de las “estrellas” se había movido. Dado que las estrellas no presentan un movimiento relativo al resto de las demás, en el “cielo”, el objeto en realidad debería ser un asteroide, un cometa o un nuevo planeta. Las siguientes observaciones confirmaron que el objeto parecía ser un planeta más allá de Neptuno. Fue nombrado como Plutón. El Planeta X de Lowell había sido encontrado ¿O no?

Las predicciones habían sido realizadas para explicar los disturbios de en las órbitas de Neptuno y Urano, por lo tanto, el Planeta X debería tener una masa equivalente a seis veces la de la Tierra. Las observaciones actuales muestran que Plutón (incluyendo su pequeño satélite, Caronte), tiene solo 1/400 de la masa de nuestro planeta. Como se explica en el paréntesis del primer capítulo del “Planetas hipotéticos en nuestro Sistema Solar”, Plutón ya no tiene el status de planeta.

Tombaugh continuó en la búsqueda de otro Planeta X por 13 años, sin fortuna, y decidió que no había un décimo planeta. “He observado el 70% del cielo y lo hubiera encontrado si existiera”, fue su conclusión.

Algunos científicos están de acuerdo, argumentando que las irregularidades percibidas en las órbitas de Urano y Neptuno son el resultado de errores de observación realizados por astrónomos de primera época, que no tenían acceso a cámaras y tuvieron que realizar bosquejos manuales de la posición de los planetas.

Otros no están tan seguros, muchos astrónomos coinciden en que está una posibilidad latente de que existan varios cuerpos celestes, similares a Plutón moviéndose en órbitas más allá de Neptuno (Se les denomina trans-neptunianos). Pocos piensan que un planeta con dimensiones similares a las de la Tierra, o más grande, permaneciera oculto. Los que sostienen la creencia de la existencia de ese planeta, creen que este sigue una órbita muy elíptica que va más allá de Plutón, o que está localizado actualmente en una porción muy densa de la Vía Láctea, viendo hacia el sur, donde es muy difícil de localizar. Dada la gran cantidad de estos, se publicarán diversas entradas.

Planetas hipotéticos en nuestro Sistema Solar

Deja un comentario

A través de los siglos, los astrónomos han buscado nuevos planetas, frecuentemente, sin éxito. ¿Hay un “décimo” planeta en nuestro Sistema Solar esperando ser encontrado, o esta cacería es simplemente una búsqueda inútil? Este es el primero de varios ‘post’ que se publicarán sobre este tema, esperando traer algo de claridad sobre algo tan controvertido. Espero dejen sus comentarios, pues esto siempre enriquecerán lo aquí escrito.

Abriendo paréntesis

El texto “décimo” está entre comillas debido a que antes del 24 de Agosto de 2006, a Plutón aún se le consideraba planeta, pero en el pleno de la XXVI asamblea general de UAI, se decide que el número de planetas de nuestro Sistema Solar no se ampliaría a 12, como se propuso en la reunión que mantuvieron en Praga, sino que debe reducirse a 8, siendo el “perjudicado” con esta decisión Plutón, quien tras ser conocido como planeta durante decenios, deberá “conformarse” con su nueva denominación de planeta enano, sin embargo, en este post, seguiré utilizando la vieja denominación, para facilidad de la mayoría de los lectores  (debido a que en algunas conversaciones, he notado que no todas las personas están al día en esta nueva categoría).

Cerrando paréntesis

Ha habido un gran número de objetos que una vez los astrónomos creyeron que existieron, los cuales posteriormente, ‘desaparecieron’ sin dejar rastro. He aquí sus historias.

Los primeros acercamientos

El 22 de Diciembre de 1859, Urbain Le Verrier, del Observatorio de París, abrió una carta enviada por un hombre llamado Lescarbault. En cuanto la leyó, sintió que una corriente de excitación lo cubría. Lescarbault era un médico rural y un astrónomo amateur. De acuerdo a la letra, en Marzo 26 de ese año, Lescarbaut observó una mancha oscura negra moviéndose a través de la faz solar en un camino inclinado hacia ‘arriba’ por una hora y cuarto.

Le Verrier colocó la carta boca abajo. Si lo que el médico decía era cierto, esto podría probar una de las predicciones de Le Verrier: había un planeta desconocido en el Sistema Solar. Un planeta que orbitaba entre Mercurio y el Sol, el cual era entonces el planeta conocido más cercano a dicha estrella.

Esta no fue la primera vez que Le Verrier predijo la existencia de un planeta desconocido. En 1781, el astrónomo germano-británico William Heschel observó una ‘estrella’ que se movía de noche a noche. El de inmediato pensó que era un nuevo planeta, el primero descubierto desde la antigüedad. El planeta, localizado más allá de la órbita de Saturno, le fue otorgado el nombre de Urano. En 1846, Le Verrier observó algunas irregularidades en su movimiento y predijo que debería haber otro planeta más allá causando dicho trastorno. Le Verrier fue capaz de predecir la localización de ese planeta y fue observado en el espacio por los astrónomos alemanes Johann Galle y Heinrich d’Arrest.

Le Verrier no quiso evitar la publicidad, sugirió que Urano fuera renombrado a Heschel, quien lo encontró, y que el nuevo planeta se llamase como el. Para su infortunio, un matemático británico llamado John Couch Adams había predicho la localización de ese planeta, casi un año antes que Le Verrier. Los dos hombres concluyeron en compartir el crédito (Adams podría haberlo tenido en su totalidad, excepto que no pudo convencer a ningún astrónomo británico de tomarse el tiempo para girar sus telescopios para buscarlo). En su lugar, el planeta terminó llamándose como el Dios Romano, Neptuno.

 

Vulcano, el planeta entre Mercurio y el Sol (1859-1916, 1971)

Le Verrier notó que el planeta Mercurio también presentaba irregularidades en su órbita. Esto le llevó a pensar que podría existir un pequeño planeta más cercano al Sol que Mercurio. La observación de Lescarbault podría ser la prueba de esta predicción.

Después de encontrar un colega que viajara con el como testigo, Le Verrier se dirigió de inmediato a la villa de Orgeres donde Lescarbault residía. Sin identificarse, Le Verrier increpó rudamente al médico, demandando saber como había llegado a la absurda conclusión de que había observado un “Planeta Intra-Mercurial”. Lescarbaut contó la misma historia que le había escrito. Le Verrier, ahora convencido, le revelo quien era y felicitó al de alguna manera desconcertado médico. De regreso a París, Le Verrier vio que al médico se le concediera la Legión de Honor.

El mundo astronómico se ‘saturó’ de inmediato con discusiones acerca del nuevo planeta de Le Verrier. El calculó que el tamaño del planeta sería de un séptimo que el de Mercurio. El creía que el nuevo planeta transitaría frente al Sol (perspectiva desde la Tierra, claro está) entre Abril y Octubre. Le Verrier consideró evitar la controversia que tuvo con Neptuno, sugiriendo que el nuevo planeta debería llamarse Vulcano.

Los astrónomos de todo el mundo comenzaron la búsqueda de Vulcano en el periodo en que este sería visible, de acuerdo a los cálculos de Le Verrier. Quedaron decepcionados. Con la excepción de algunas observaciones erróneas (las cuales eran usualmente manchas solares), Vulcano nunca fue observado. Hacia finales del siglo XIX, los astrónomos más racionales ya no creían en la existencia de este planeta, y a principios del siglo XX, la Teoría General de la Relatividad de Einstein explicó como la curvatura del Espacio-Tiempo podría causar la irregularidad de la órbita de Mercurio. Con esto, el planeta Vulcano de Le Verrier finalmente, desapareció.

Vulcano fue brevemente ‘revivido’ entre 1970 y 1971, cuando unos investigadores pensaron que habían detectado unos objetos casi imperceptibles cerca del Sol durante un eclipse solar total. Esos objetos podrían haber sido tenues cometas, que pasaron lo suficientemente cerca del Sol como para colisionar con el.